Durante los últimos años de mi vida me he cruzado con mucha, muchísima gente. He de decir que siempre he considerado (o he querido considerar) a las personas como seres individuales. He odiado las etiquetas con toda mi alma y he defendido que cada persona es única y diferente a las demás. Cada una con su vida, sus circunstancias, sus problemas cotidianos y sus heridas y cicatrices. Cada persona sobrevive y lucha con sus fantasmas como quiere, o mejor dicho, como puede. Nadie es quién para juzgar (obviamente, dentro de unos límites) cómo se comporta otra persona.
Sin embargo, mi vida ha dado un giro bastante importante en los últimos años. Se han sucedido una serie de cambios rápidos y bruscos (¿y violentos?) que me han sacado de mi zona de confort. He salido de un colegio muy pequeño, en el que éramos casi una familia y me he visto inmersa en una facultad llena de gente. He ido a academias, he cambiado de equipos deportivos (y por tanto, de compañeras) seis temporadas distintas. He ido a otras facultades a conocer amigos de amigos. Me he ido un año de casa a estudiar fuera y he seguido conociendo gente. He hecho amistades efímeras de un par de horas en bares y discotecas y duraderas de años y años en aulas, bibliotecas y librerías. Todo ello me ha llevado a una cosa: conocer cientos de personas.
Y con mucha pena y mucha decepción, esto me ha hecho darme cuenta de que no todo es tan bonito ni tan ideal como yo pensaba en un principio. Parece que, desgraciadamente, sí que existen ciertos "patrones" o "tipos" de personas. La clasificación más básica que puedo hacer, desde mi corta experiencia es: personas en las que puedo confiar y en las que no. Generalmente, después de pasar un par de horas con la gente, suelo ser capaz de "clasificarlas" en un lado u otro de la ecuación. Pero también ha habido casos en los que he fallado estrepitosamente y me he llevado grandes disgustos por no haberlo visto venir.