Qué bonito es abrir los ojos por la mañana y ver su mensaje de buenos días. Ir a clase en el metro, pensar en él y que no puedas disimular la sonrisa que se extiende en tus labios. Que sean las siete de la mañana y la gente de tu alrededor no entienda tu felicidad. Y es que no saben que has vuelto a leer su mensaje de esta mañana. Ir escuchando música y que, de pura casualidad, el o la cantante pronuncie una serie de versos que no pueden ir dirigidos a otra pareja más que a vosotros. Y volver a sonreír. Esta vez con algo de pena. Porque ojalá estuviera ahí, a tu lado. Como tantas mañanas del pasado.
Estar en clase y que un profesor cuente algo interesante, algún tema actual en el que sabes que estaría interesado. Te lo apuntas para contárselo por la noche, cuando hagáis la videollamada antes de dormir que tanto te gusta. Salir de clase y tener otro mensaje de él que te extiende una sensación de bienestar y felicidad por todo el cuerpo. No te pasa con nadie más. Pero es que nadie más es él. Te ha dado ánimos para tu mañana y sabes que, a pesar de que ha habido momentos de aburrimiento en clase, él ha estado, de alguna forma, apoyándote.