Qué bonito es abrir los ojos por la mañana y ver su mensaje de buenos días. Ir a clase en el metro, pensar en él y que no puedas disimular la sonrisa que se extiende en tus labios. Que sean las siete de la mañana y la gente de tu alrededor no entienda tu felicidad. Y es que no saben que has vuelto a leer su mensaje de esta mañana. Ir escuchando música y que, de pura casualidad, el o la cantante pronuncie una serie de versos que no pueden ir dirigidos a otra pareja más que a vosotros. Y volver a sonreír. Esta vez con algo de pena. Porque ojalá estuviera ahí, a tu lado. Como tantas mañanas del pasado.
Estar en clase y que un profesor cuente algo interesante, algún tema actual en el que sabes que estaría interesado. Te lo apuntas para contárselo por la noche, cuando hagáis la videollamada antes de dormir que tanto te gusta. Salir de clase y tener otro mensaje de él que te extiende una sensación de bienestar y felicidad por todo el cuerpo. No te pasa con nadie más. Pero es que nadie más es él. Te ha dado ánimos para tu mañana y sabes que, a pesar de que ha habido momentos de aburrimiento en clase, él ha estado, de alguna forma, apoyándote.
Es la hora de comer y vas a la cafetería. Recuerdas cuando os sentabais juntos a comer. A veces solos y a veces con sus amigos. Si comes en casa, recuerdas todas las veces que preparasteis juntos la comida. O más bien, que él la preparaba y tú intentabas ayudar como podías. Porque estaba claro a quién de los dos se le daba mejor la cocina.
Te quedas un ratito traspuesta en la cama o en el sofá después de comer, y justo antes de cerrar los ojos, evocas su olor, la sensación de su cuerpo contra el tuyo, tus caricias en su pelo hasta que se quedaba dormido y su respiración tranquila cuando estaba totalmente relajado mientras te abrazaba dormido.
Ojalá estuviera aquí.
Por la tarde volvéis a cruzar un par de mensajes. Te parecen pocos porque le echas de menos. Pero no quieres agobiarle. Aguantas hasta por la noche con unas ganas increíbles de verle. Si hoy se hace demasiado cuesta arriba, no resistes la tentación y, esperando no molestarle, le llamas a mitad de la tarde para decirle que le quieres. "¿Estás bien? ¿Solo me llamas para eso?", pregunta, preocupado. "Sí. Solo llamo para decirte que te quiero".
Por la noche llega el momento de hablar con él. Vuestro momento. Después de un largo día pensando en él y echando de menos su presencia a tu lado. Que te de la mano. Que te acaricie la cintura mientras camináis juntos. Que te de besos inesperados. Que se ría de tus tonterías. Que te abrace, y te sientas en casa.
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